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October 30 Para Comer PalomitasAquí os dejo un ranking con mis películas de miedo favoritas. Las mejores... las de los 70 y 80.
Soy de la opinión de que el miedo es una excelente sensación... ¡una liberación necesaria de adrenalina!.
No entiendo a esas personas que son incapaces de disfrutar de una buena película de miedo. (Aunque todo tiene explicación en esta vida, yo por ejemplo, no soporto las series de hospitales). Espero que disfruteis con mi selección y ¡con las palomitas!...
Feliz y terrorífico Halloween...
Tamara Dommarco
1 .- AL FINAL DE LA ESCALERA(1979)
Una noche, el compositor John Russell se despierta bañado en sudor como consecuencia de una pesadilla, y vuelve a oír el extraño ruido procedente de una de las habitaciones del piso de arriba. Desde la terrible muerte de su familia, John ha estado viviendo en esa casa solitaria a la que se trasladó con la esperanza de recuperar la paz interior, pero paz es algo que no ha hallado, pues en numerosas ocasiones ha creído ver el cadáver de un joven. Cuando empieza a creer que ha perdido el juicio, registra la casa y descubre una entrada secreta a un antiguo cuarto infantil olvidado desde hace mucho, donde encuentra una silla de ruedas y una caja de música. John siente que allí ha sucedido algo terrible e intenta establecer contacto a través de un médium. La siniestra sesión de espiritismo revela que un espantoso crimen ha quedado sin vengar. Hasta ahora...
2.- EL EXORCISTA (1973)
Basada en un caso real de posesión que tuvo lugar en los suburbios de Washington. Regan es una niña de 12 años que vive con su madre y que se siente mal; sufre extraños síntomas, incluyendo la levitación y una fuerza sobrehumana. Los doctores intentan tratarla en vano, así que cuando se descartan las explicaciones médicas, su madre recurre a un sacerdote con estudios de psiquiatría. Éste se muestra convencido de que el mal ha rebasado lo físico y afecta a los espiritual. Una vez seguros de que la niña está poseida, junto a otro sacerdote decidirá practicar un exorcismo.
3.- EL RESPLANDOR (1980)
Jack Torrance se traslada, junto a su mujer y a su hijo, al impresionante hotel Overlook, en Colorado, para encargarse del mantenimiento del mismo durante la temporada invernal, en la que permanece cerrado y aislado por la nieve. Su idea es escribir su novela al tiempo que cuida de las instalaciones durante esos largos y soliarios meses de invierno, pero desde su llegada al hotel, Jack comienza a padecer inquietantes transtornos de personalidad, al mismo tiempo que en el lugar comienzan a suceder diversos fenómenos paranormales.
4-. Carrie (1976) Carrie, una tímida adolescente que vive con su madre, una fanática religiosa, es el objeto de las burlas constantes de sus compañeros de instituto. Cuando la chica sufre un ataque de histeria al tener su primera menstruación en las duchas del gimnasio, una de las alumnas decide gastarle una macabra broma durante la fiesta de graduación. Lo que todos ignoran es que Carrie posee poderes telequinéticos...
5.- The Amityville Horror (1979)
Una familia americana se instala en una mansión donde tiempo atrás tuvo lugar
una sangrienta tragedia. Sin conocer estos terribles antecedentes, la familia pronto descubrirá la compañía de unos maléficos entes. Completamente impotentes y horrorizados
por los sucesos, contarán con la ayuda de un peculiar exorcista...
No podía olvidarme de Freddy, Jason y Caroline...
Por último, una recomendación para los lectores. Aunque los libros de Stephen King
han ido perdiendo su encanto para mí con cada nueva publicación (¿será verdad que es él
mismo el que escribe esas historias tan malas?), recuerdo que disfruté mucho con la lectura
de LA TIENDA, libro que Juanito tuvo a bien en dejarme cuando andaba yo en mis "dieci"...
Es la única excepción de mis lista... es de la década de los 90. October 28 Historia Corta... ¡This is Halloween!UNA DE MIEDO…
“La niña se retorció las manos en el regazo de su falda amarilla de volantes. Sus zapatos de charol negro brillaban todavía más bajo aquella luz blanca, cegadora, que se reflectaba en cada una de las blancas paredes de la habitación. - ¡Mira que cuento más bonito! – su madre señaló la mesa baja y cuadrada que estaba justo frente a sus pies, que colgando en el sillón, no llegaban a tocar el suelo. Paseó la mirada sobre la cubierta sin prestarle mucha atención. Fue sólo entonces cuando se dio cuenta de que alguien la observaba. Miró frente a ella y se encontró con la cabeza rubia de un niño, que con los ojos temblorosos, luchando por aguantar las lágrimas, escrutaba su cara en busca de ayuda. - ¡No puedo ayudarte! – quiso decirle, pero las palabras solo resonaron en su interior. A mí van a hacerme justamente lo mismo que a ti. La puerta oscura se abrió. Una mujer morena, con el pelo estrictamente recogido hacia atrás y una bata blanca taponó la entrada al pasillo. Los niños estiraron sus cuellos para atisbar lo que se escondía tras su poderosa figura. Un fuerte olor les hizo arrugar las narices y encogerse en sus asientos. Volvieron a cruzar una mirada llena de angustia. La angustia flotó en la habitación y se posó sobre el hombro de la mujer de piernas como robles, que sacudió los hombros para quitársela de encima. Otra puerta se abrió al otro extremo de la habitación. Un ruido chirriante, un quejido encadenado, un roce continuado y lastimero, llegó hasta sus oídos en el momento en el que se dieron cuenta de que la figura en jarras era exactamente la misma. Miraron a una y otra puerta con las bocas abiertas. Los mismos moños y las mismas batas blancas. Las mismas sonrisas inmaculadas y brillantes de dientes apretados. Las madres se pusieron en pie. Y tomaron a sus hijos de la mano. Los dos sentían como la saliva se les agolpaba en la boca. Ya no había remedio. La niña intentó aferrarse con la mirada al cuento. La ilustración de la profesora frente a la pizarra no pudo retenerla como hubiera ella querido que ocurriera…” El timbre sonó con fuerza. Se colocó las gafas de pasta y se paso las manos por el pelo para asegurarse de que ningún pelo quedaba suelto de aquella joya arquitectónica que era su moño. Se abrochó el botón de la chaqueta y se acercó a la puerta de la clase, preparada para adelantar y estrechar su mano a tantos padres como lo solicitaran. Y entonces, para su satisfacción, las vio llegar. Ya no vestían las batas blancas, y los años habían pasado por ambas, haciéndoles pagar un alto precio. Las arrugas y las canas asomaban a sus caras ansiosas. Cada una traía de la mano a un niño. No pudo ocultar una sonrisa maliciosa. - ¡Es un placer! – estrechó ambas manos con entusiasmo por primera vez. - ¿Eres la nueva profesora? – inquirió la de los rizos desmadejados. - Efectivamente. Estoy segura de que sus hijos van a pasarlo muy bien conmigo – dijo con efusividad. - El caso es que… ¿Nos conocemos? – inquirió la desgarbada. Ya ni siquiera se parecían. - ¡Oh, no lo creo! – dijo retorciendo las manos y regalando una amplia sonrisa blanca. - No sé – buscó los ojos de su hermana – me resultaste familiar. - Me suele ocurrir con frecuencia – atajó – lo siento, los alumnos me esperan. - Sí, claro. Venga, a clase - los niños miraron su moño apretado y dudaron un segundo. Besaron a sus madres. Y se despidieron de ellas. Ya no eran auxiliares de una clínica dentista. Ya ni siquiera se parecían. Sus pasos eran diferentes. También sus posturas. Y las vieron alejarse llenas de confianza. - ¡Señora! Las clases ya han empezado. ¿Viene a traer a sus hijos? - ¡Disculpe el despiste! En realidad vine a secretaria para informarme. Tal vez el mes próximo… Si me disculpa – mostró su sonrisa perfecta una vez más – Tengo que llevar a mis niños al dentista…
Tamara Dommarco
October 22 La mayor sinceridad¿Os habéis preguntado alguna vez cómo nos ven los niños?. Yo sí. Muchas veces. Es lo que tiene trabajar con ellos.
Reconozco que cada grupo con el que he entrado en contacto me ha enseñado algo. Por supuesto, lo primero que puedo destacar es la sinceridad. Me admira la capacidad que poseen para ser sinceros. También me preocupa lo moldeables que son.
Como un trozo de plastilina nuevo con el que te propones modelar una figura...
Me horroriza pensar lo influenciables que son.
El caso es que en estos últimos tiempos, de vuelta a la enseñanza, he sido capaz de dar respuesta a una de mis preguntas. ¿Cómo me verán los niños?. Me estoy viendo sorprendida cada semana con obsequios de muchos de mis alumnos. No paran de traerme a mi mesa dibujos, retratos míos, deseos escritos con caligrafía doblada, mi nombre entre corazones, nubes y flores.
Es una suerte comprobar que los niños de hoy, en contra de lo que muchos piensan, son como los de antes. Si miro hacia atrás, todavía me acuerdo de aquel profesor de prácticas guapo como el sólo, que vino a mi escuela cuando yo tenía unos diez años. No me acuerdo del dibujo que le regalé. Pero sí recuerdo su cara entre sorprendida y agradecida cuando estiró la mano para aceptarlo.
Lo mismo me sucede a mí. Ahora ya sé cómo me ven. Y me gusta cómo me ven...
October 17 Los Eternamente Niños...Ser un perro es sinónimo de ser Eternamente un Niño. Los niños, en situaciones normales, confían en sus padres y buscan la seguridad que éstos le aportan a lo largo de la infancia.
Un perro también la necesita, pero durante toda su vida. No hay fidelidad más grande ni existe una amistad mayor que la que puede entregarte un perro.
Yo diría que la esencia de la amistad más pura, es un secreto conocido y guardado sólo por ellos...
October 09 El plato de ArrozAyer estaba sentada frente a un plato de arroz. ¡Pero no uno cualquiera!, un plato cocinado por mi madre. De esos que huelen a gloria y saben todavía mejor.
Andaba dandole vueltas en el tenedor a un trozo de calamar, cuando le pedí a mi padre que me contara algo.
Pepe Ojeda es un teatrero, pero en el sentido más literal de la palabra. Trabajó en una compañía teatral gibraltareña durante años, y llegada su jubilación, fueron muchos los niños linenses que pasaron por sus talleres de teatro.
Pero mi padre ha sido siempre un electricista de los buenos (no conozco a nadie que tenga ochenta y cuatro años y mantenga mejor el equilibrio sobre una escalera). Es noble, generoso, comprensivo, siempre adelantado al tiempo que le tocó vivir, ecuánime... ha sido siempre y será por siempre un buen hombre.
El caso es que me gusta escucharle, me gusta conocer cada una de las anécdotas que pueda contarme.
Y ayer me contó una:
" Primavera de 1956. Mamá me compró un pijama de franela color burdeos, y me despedí de ella en la estación de tren. No había nada que hacer en la comarca, a duras penas podía sacudirme de encima el "estigma" de haber tenido un padre masón. Por ese mismo motivo, años antes me habían señalado la puerta de salida de la escuela en la que estudiaba bachillerato. El señor de mala leche y voz aflautada quiso cortarle las alas a mis ganas de aprender.
Pero había que comer, y por eso, me fui a Madrid, ligerito de equipaje, con ganas de poder darle a mi Nina todo lo que ella había soñado tener. ¡Un pueblerino en Madrid!. Gracias a Dios encontré pronto trabajo en la clínica particular "San Nicolás" y pronto la avenida Arturo Soria ya no tendría secretos para mí.
A la caída de la tarde, cuando terminaba mi trabajo en el servicio de mantenimiento eléctrico de la citada unidad sanitaria, me iba a tomar unas cañas al quiosquito de Isaac.
Aquella humilde cervecería recogía a muchos hombres que, al final del día, compartían sus ilusiones y preocupaciones, sus sueños e ideales.
Allí pues, estaba yo, Pepe Ojeda, cuando dos jovenes llegaron cierto día para tomar unos sorbos de rubia.
Uno era bien parecido, las muchachas solían mirarle discretamente al pasar. El otro era alto, delgaducho,
de pelo rojizo cortado al cepillo.
Ambos eran ingeniosos y simpáticos, uno de ellos, incluso, compartía mi misma profesión, era electricista en los estudios de televisión de Ciudad Lineal. Y los tres teníamos algo en común: ¡eramos unos teatreros!
En realidad, el alto ya había aparecido en alguna que otra película, en papeles poco importantes. El electricista, sopesaba la idea de ser figurante. Y yo venía de hacer teatro en Gibraltar... ¡Menudos tres!
Un tiempo después regresé a mi ciudad, compré un gran solar para Nina y construí la casa de sus sueños.
Tuve cinco hijos y nunca me separé de mi gran pasión, el escenario.
A Fernando y Paco no los volví a ver en persona. Pero les guardo en mis recuerdos con mucho cariño.
Con los años, Paco Rabal y Fernando Fernan Gómez se convirtieron en asiduos de mi casa... seguí sus carreras desde el sillón del salón".
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Tamara Dommarco
October 02 Sigueindo los pasos de Faresol...La Partitura del Violinista (6º Parte)
“Lo cierto es que Adamberry no tenía planeado lo que iba a hacer con el mocoso. Estaba claro que no iba a quedarse con él pues le suponía un lastre demasiado pesado. El niño permanecía cabalgando a su lado, con las orejas tiesas como un animal expectante. No había articulado ni una sola palabra desde que abandonaron la aldea y su semblante permaneció inmutable durante los tres días de travesía, con la mirada vidriosa clavada en algún lugar indeterminado del horizonte. Examinó su cara pálida, sus rizos dorados y sus ojos metálicamente grises. Sus labios protuberantes y su nariz corta constituían un claro reflejo de las facciones de su madre, Aquella zorra desagradecida… Tenía que deshacerse de su hijo. Ya nunca sabría a ciencia cierta si él era su padre, y si bien lo había puesto en duda siempre, ahora la certeza de que no compartían la misma sangre le hacía hervir de ira. Aquel maldito pañuelo de encaje le había dado la clave. Además, esos ojos eran los mismos que le habían mirado suplicantes, aterrorizados, implorando por la vida, pero desde el retrato resquebrajado de la que había sido su mujer. Mientras dejaban atrás villas, aldeas, posadas y ciudades, mientras atravesaban páramos de frondosas arboledas y pastos bañados por la luz de la luna llena, tomó la decisión que determinaría para siempre el destino de Faresol. ¿O acaso su sino ya había venido predeterminado desde la noche de su nacimiento? Aquella noche de oscura tormenta, de cielos apuñalados por relámpagos amenazantes y estridentes truenos, trajo consigo la llegada a Inglaterra de un niño poseedor de un extraordinario talento… El día comenzaba a clarear cuando ambos jinetes divisaron la gran ciudad de Warwick. Sin mediar palabra, John Adamberry espoleó a su caballo y se lanzó en una cabalgada sin importarle si Faresol le seguía o no, Alcanzó la calle empedrada en la que se amontonaban los tenderetes de los vendedores ambulantes y desmontó para llevar al animal por las riendas. Faresol le imitó, aunque caminando una decena de metros por detrás de él, intentando no perderle de vista entre la muchedumbre que se agolpaba aquella cálida mañana en la que no se movía una nube. Los pedigüeños se tiraban a sus pies, mendigando ahora monedas, luego mendrugos de pan. Niños de aspecto cadavérico y brillo suspicaz en sus vivaces ojos, hombres a los que les faltaban piernas o brazos, mujeres con más carne al aire de lo habitual, e incluso una anciana tuerta, estiraban las manos frente a su gesto impertérrito. Con paso presto, rodearon el castillo, que fue digno de la atención de Faresol el tiempo justo que dura un parpadeo, y que estaba siendo remodelado, por lo que la actividad en torno a él era frenética, y se dirigieron a la zona más miserable y antigua de la ciudad. Las ratas se comían los cadáveres de sus congéneres, los excrementos se amontonaban en largas hileras y las moscas zumbaban, saciado su apetito, sobre los desperdicios. La inmundicia se había apoderado de cada rincón, tanto así, que a pesar de que el sol brillaba aquella mañana, parecía estar rodeado de tinieblas, así de lóbregas aparecían los retorcidos callejones. Sin embargo, nada parecía impresionar a Faresol, que caminaba erguido, guiando a su caballo con paso firme por entre todas aquellas sombras… (CONTINUARÁ)
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