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October 28 Una Estremecedora Historia de Halloween (Basada en hechos reales)LOS NIÑOS NOVIOS Nunca sabe una cuando va a toparse con un secreto de familia de esos inesperados. De aquellos que, cuando te los cuentan y desgranas poco a poco su misterio, te dejan un regusto delicioso en el paladar, como cuando de niña podías estrenar un par de zapatos de charol: aunque dolieran, aunque luego provocaran insoportables rozaduras, nada podía hacer desaparecer el placer de haberlos estrenado, de mirar su brillo nuevo e intacto con curiosidad y asombro… “La tarde en la que encontré la fotografía no llovía, diluviaba. Las nubes se deshilachaban en grandes y pesados trozos grises y plomizos, descargando con furia las lágrimas de aquellas estrellas que luchaban por lucir en aquel cielo tormentoso de atardecer otoñal. Mi abuela había muerto exactamente un año atrás, y mi madre había estado persiguiéndome desde entonces con el fin de que subiera al desván para decidir si quería quedarme con algo de todo aquello que llevaba décadas acumulando polvo sin que nadie le hubiera encontrado jamás un ápice de valor. No he mencionado que mi abuela sorprendió a todos dejándome en herencia aquella gran casona de suelos de madera y paredes estucadas. No he contado, me parece, que había estado proyectando convertir aquel desván en mi estudio de pintura gracias al gran ventanal por el que siempre entraba el sol del sur. Y aunque la tentadora idea de independizarme me perseguía día y noche; a la misma vez, y sin motivo aparente, algo me hacía rechazar la idea de vivir en aquella gran y desolada casa, todavía impregnada del fuerte carácter de mi abuela Constanza y peor aún, de todos sus intocables recuerdos. La luz parpadeó un instante por efecto de la descargas eléctricas que estaban sacudiendo los cielos, y me quedé sumida en la oscuridad. Entonces lamenté haber rechazado la propuesta de Valentina. Seguramente y de haber venido, mi amiga y yo estaríamos riéndonos de nuestros miedos en cualquier rincón. Precisamente fue ella y la conversación que mantuvimos, la que me hizo sentir una imbécil integral y me empujó a acercarme a lo que ya me correspondía pero que no acertaba a sentir como mío: - “Parece mentira hija mía - me dijo con la boca llena de pan en el banco del parque en el que nos sentábamos durante el descanso del almuerzo - Yo no puedo ni pagarme una habitación, y tú, con una casa entera para ti solita y sin ganas de hacerla tuya. ¡Esta vida no puede ser más injusta!”. En silencio le di a sus palabras la coherencia y razón que no le faltaban y decidí que uno de aquellos dormitorios, ahora oscuros y sin vida, podría llegar a ser el de Valentina en un futuro. Y planeando así la cosa, cómo si no fuera directamente conmigo, encontré las ganas para primero, abrir la puerta de entrada, y luego subir al desván con el haz de luz de la linterna como única compañía. Las sombras se proyectaban a través del ventanal redondo que daba a la fachada de la casa la apariencia de un cíclope enfadado. Ahora que lo pienso, y si bien dicen que los animales terminan por parecerse a sus dueños, lo mismo sucedía con el aspecto de la casa y la cara de mi abuela: siempre ofuscada, con el entrecejo fruncido y una palabra desaprobadora colgando del filo de sus labios. Lo primero que pude ver fue una hilera de cuadros apoyados contra el roda pies. Todos eran retratos antiguos, cuyos marcos dorados habían perdido el esplendor de otros tiempos. Me sorprendió mucho comprobar que, aparte de un baúl y un armario de seis cuerpos cuyas puertas estaban forradas de espejos, no había mucho más que ver allá arriba. Pensé lo tonta que había sido al demorar tanto aquella operación que prometía ser bien sencilla. La luz volvió a parpadear y me regocijé de no tener que asomarme a mirar aquellas cosas con una luz tan pobre. El regreso de la luz eléctrica pareció devolverme a la realidad, así que saqué del bolso los tres rollos de bolsos de basura negros y grandes que había calculado, necesitaría para vaciar el desván de trastos inservibles, y los dejé en el suelo, mientras me acercaba al armario para empezar a trabajar con su contenido. En la primera de las puertas encontré sombrereras y vestidos de otros tiempos, con los cuellos de encaje pasados y descoloridos. Los tonos pasteles que aquellas ropas habían poseído un día, no eran ya más que frágiles recuerdos sin color. Los guantes con los dedos manchados y las toquillas de hilo compartían el olor a humedad. Decidí que nada de aquello debía ser conservado bajo ningún concepto y me giré decidida para recoger una bolsa del suelo. Ladeé la cabeza esperando encontrarlas en el lugar dónde las había dejado, pero ahora se encontraban más hacía la derecha. Y ya nos estaban enrolladas. Los tres paquetes se habían convertido en alfombras negras que cubrían el suelo de madera. Los tres oscuros caminos convergían en un solo punto, justo a los pies del despellejado baúl, cuya tapa, antes cerrada, se veía ahora abierta, como saludándome e invitándome a asomarme dentro. Un estremecimiento me sacudió la nuca, erizando cada uno de los vellos que allí tenía. Caminé sobre el negro camino del centro y asomé los ojos, muy abiertos, sin saber lo que esperar. Cinco cajas de lata cuadradas se encontraban dentro. Con los dibujos de sus tapas medio borrados y los rebordes oxidados, no parecían entrañar ningún peligro. Y aunque no parecían poder contener nada especial, sentí un impulso irrefrenable que me hizo cogerlas, unas sobre otras, para bajar la escalera cerrando tras mi espalda la puerta del desván; dejando atrás la sensación real de no encontrarme sola en aquel lugar. Me senté a la mesa redonda de la cocina. La ventana abatible, que se mantenía abierta gracias a una cadenita, dejaba pasar el rumor cada vez más persistente del viento soplando y arremolinándose fuera; las flores caídas del jazmín de la entrada se mantenían suspendidas y bailando justo frente al cristal. Las tres primeras cajas que abrí, todas ellas decoradas con flores de llamativos colores, me descubrieron toda una selección de encajes, agujas, dedales, lanas y botones antiguos que antes pertenecieran a prendas de ropa, pues aún podían verse los restos del hilo que los mantuvo cosidos. Las cerré y las amontoné a un lado. La penúltima caja guardaba un atillo de cartas. El puño que las escribió había poseído una caligrafía suave y esmerada, llena de giros y hermosas florituras. Estaba casi segura de que se trataba de la letra de su abuela Constanza. La curiosidad me llevó a abrir la quinta y última caja. Al tomarla entre mis manos me di cuenta de que era mucho más ligera que las demás. Abrí la tapa, manchándome los dedos del óxido amarillento y metí las manos dentro para sacar unos pliegos de papel de seda casi crujientes por el paso del tiempo. Una tiza de costura color gris rodó por el suelo hasta detenerse bajo el macizo mueble de madera que contenía las valiosas piezas de la vajilla de la abuela. Me agaché refunfuñando entre dientes para recogerla, cuando un sonido tras de mi me hizo permanecer acuclillada sin atreverme a mirar atrás. Necesité medio minuto para convencerme de que aquella sugestión no tenía ningún sentido, y me puse en pie sin haber conseguido encontrar la tiza. La quinta caja, la del dibujo de la casa de campo inglesa, estaba cerrada. El papel de seda estaba encima de la mesa, hecho una bola, y junto a él, encontré la fotografía que me dejó helada…
De repente, mientras mantenía la mirada clavada en la imagen, un zumbido me sobresaltó, recordándome a un moscardón grande y ruidoso. Era mi teléfono, que me sacó del ensimismamiento en el que me había visto inmersa no sé por cuánto tiempo. - ¡Oye! No sé si te has dado cuenta, pero hace hora y media que habíamos quedado. ¿Problemas con el disfraz de novia cadáver? - ¿Cómo dices?- mi propia voz me pareció desconocida. La de Valentina fue la que me hizo volver a la realidad, para recordarme que aquella noche habíamos planeado ir a una fiesta de disfraces para celebrar… ¡¿Halloween?! - ¿Dónde estas? - Si te lo contara, no me creerías. - Bueno, ¿vienes o no a la fiesta? - Creo que no va a poder ser, Valentina. Estoy muy liada. - ¡No puedo creerlo! ¿Vas a decirme que después de hacerme ir a esa tétrica casa a por el vestido de novia de tu abuela, después de la que has montado para coserlo y llevarlo esta noche, no vas a ir? - Espera, ¿tu has venido conmigo a esta casa?- no recordaba haber estado allí con ella antes. - ¿Cómo que a “esta casa”?, ¿acaso has vuelto a ir tu sola?. - Olvídalo, no voy a ir. - ¿No habrás abierto el baúl? - Tengo que dejarte, hablamos mañana. ¡Pásalo bien! - ¡Espera! Colgué y dejé el móvil sobre la mesa, junto a la foto. Intenté hacer memoria, pero no podía recordar haber ido antes a la casa con Valentina, ni haber cogido ningún vestido de novia... Un momento, aquello era imposible. Su abuela Constanza había sido una soltera recalcitrante. No se había casado nunca. ¿Para que iba a tener un vestido de novia? Miré a los niños novios de la foto. Y me pareció estar viajando en el tiempo, a otro lugar, a otra dimensión, a una época distinta, allí dónde podía ser testigo de una historia sin tener que participar de ella, sin tener que ni siquiera ser vista u oída…”
CONTINUARÁ... |
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