Tamara's profileAqui Comienza una LEYEN...PhotosBlogListsMore ![]() | Help |
|
April 30 Cosas CuriosasPUBLICAR NO ES IMPOSIBLE…
La noticia con la que me he encontrado hoy me ha dejado los pelos de punta. Resulta que según dicen, una no es escritora hasta que no publica. (También es cierto que esta afirmación se toma como valida dependiendo de la editorial con la que te relaciones). Y claro, entonces te llegan las dudas… “Admitirán mi manuscrito, escribiré bien?... Y si el argumento no esta bien conseguido o los personajes no están definidos? Dios que será de mí…! Podre seguir viviendo, aunque deshonrada, en el caso de que alguien detecte mi torpeza con el manejo de las tildes y los acentos? De pronto, como digo, en mitad de esta gran incertidumbre, a veces encuentro signos; esas señales que asumo que se dirigen a mí y estoy en el deber de interpretar. No se que os parece a vosotros, pero creo que el mercado editorial es amplio, tan grande y variado como el publico lector. Soy respetuosa en ese aspecto, considero que es perfecto que cada cual pueda tener en su estantería aquella obra con la que más identificado pueda llegar a sentirse… Y que queréis que os diga, después de leer lo que sigue, llego a la conclusión de que veré mi primera novela en la estantería del Carrefour! Tamara Dommarco
Un inspector jefe de Policía jubilado publica un libro de 212 páginas sobre pedos
EFE. 19.04.2008
Enrique Cantos, ex inspector jefe de la Policía Nacional de Alcoy, ha publicado un libro de 212 páginas titulado "La paz volátil (Conferencias sobre el pedo)" en el que describe, clasifica y teoriza sobre las diversas variantes de las flatulencias que es capaz de producir el ser humano.
He tratado de redimir a esa criatura siempre prohibida y mal vista que es el pedo
El pedo parlante se tira en el salón y la suegra, que está en el baño responde: ¿Qué has dicho Marcelino?
El 'pedo parlante' y otros tipos Tengo en la mente pedos magistrales que, sin embargo, serían imposibles de reproducir
April 15 EL Cortijo de las Discordias Hace algún tiempo escribí un relato basado en la visita de mi madre a sus antiguas tierras. En aquella ocasión solo pudimos observarlas desde la perspectiva lejana a la que nos limitaba la alambrada que las protegía.
El Cortijo de las Discordias
- ¡Angelina, no te acerques tanto al pozo, podrías caerte dentro! Angelina volvió su rostro de porcelana hacia el camino empedrado, detrás de la alberca, que gobernaba la puerta de madera del cortijo, allí donde Josefa, su aya, se encontraba de pie, con las manos envueltas en un mandil. Era fea, muy fea. Tanto, que se había quedado para “vestir santos”. No tenía mozo que la rondara. Y es que toda la belleza de la que era poseedora la albergaba guardada en su corazón. Era la mujer más cariñosa, afable y dulce de entre todas las que conociera. Aquella casa, rodeada de bastas tierras, había pertenecido antes al abuelo de la niña. Un día decidió que quería repartir sus posesiones en vida. Por eso reunió a sus hijos y sobrinos para que estuvieran presente en el sorteo que pretendía llevar a cabo. Resultó que, Salvador, el padre de Angelina, salió favorecido en la herencia. Le tocó en suerte la más grande de las propiedades, las tierras de labranza más extensas y la única casa de aquellos terrenos que se encaraba desafiante con el Peñón. Sus padres la llamaban secretamente “El Cortijo de las Discordias”, pues fue el causante de las principales rencillas familiares que separaron para siempre a los afortunados legatarios de los que consideraron aquel reparto como algo ridículamente injusto … Paseó distraída por entre las plantas de algodón que cultivaba su padre, sus bucles saltando alrededor de los hombros, observando discurrir el agua proveniente del pozo a través de las acequias. A medida que se acercaba al cortijo, más audibles eran los gruñidos de los cerdos en las porquerizas. Se sentó frente a la entrada de la casa, en el poyete, junto a la pequeña casa de una habitación con chimenea que su madre había alquilado al nuevo profesor llegado desde un lugar tan lejano como Sevilla. Nunca había cruzado una palabra con el, pero el joven era tan apuesto y amable que solía arrancar el rubor de sus mejillas pálidas con tan solo dirigirle la mirada. Cerró los ojos para inspirar el profundo aroma a sal. El mar se encontraba a una corta distancia y a veces montaba en su burra (la misma que daba vueltas a la noria para sacar el agua del pozo) para dar un paseo hasta la playa, donde desmontaba en la orilla para recoger conchas y caracolas, siempre bajo la atenta supervisión de Josefa, que recorría el trayecto a pie por los caminos de arena. Ensimismada, posó la mirada sobre el cesto de mimbre. Todavía no había recogido la fruta, tal y como su madre le pidiera aquella mañana. Se remangó la falda y con paso diligente se acercó al anciano limonero. Se agarró con fuerza al tronco y trepó un corto trecho hasta alcanzar con las puntas de los dedos las verdes ramas. Atrapó una y la obligó a bajar para poder alcanzar a tres de los limones más gordos y brillantes. La higuera también estaba plagada de frutos. Dejó la canasta en el suelo y tocó las palmas hasta que las tuvo coloradas con la intención de asustar a los pájaros, que levantaron el vuelo ya saciados de dulzor. Entonces entró en la casa, dejó a un lado el vestíbulo, la escalera de madera que subía al granero, y el reducido retrete que daba paso a la cocina. La luz siempre inundaba aquella parte de la casa. Tenía cuatro ventanucos con pórticos de madera que dejaban pasar la claridad, que entraba a trompicones derramándose sobre el suelo de piedra rojizo. Puso la fruta sobre la mesa y le dio un beso a su madre en la frente, que, silenciosa, pelaba patatas sentada ante la robusta mesa de madera. Josefa permanecía callada, atareada con el pan recién horneado que sacaba con una paleta larga del horno empotrado en la pared. La chimenea, rodeada de ramos de laurel y cabezas de ajo, presidía la cocina del cortijo. En aquellos momentos, sólo unos rescoldos olvidados luchaban por no apagarse en el hogar. - Está bien Angelina, puedes tomar la porción de chocolate. – dijo sucintamente su madre. Con la boca hecha agua, abrió las delicadas puertas de cristal de la fresquera y tomó la pastilla. -¿Puedo comerla fuera? - Se esta haciendo de noche, Angelina. - Ponte frente a la ventana para que podamos verte – medió Josefa guiñándole uno de sus achinados ojos grises, el que se le torcía irremediablemente hacia el centro, como si quisiera observar la punta de su nariz. La niña le devolvió una sonrisa radiante, levemente oscurecida por los efectos del chocolate derritiéndose en su boca. Contenta salió al exterior, dónde ya comenzaba a oscurecer, tarareando la cancioncilla que Josefa le había cantado tantas y tantas veces. - “… Y estaba sola, sola cantando, que a mi niña le gusta el fandango, dame un besito, no me lo des, que me gusta mucho esa mujer…” La luna brillaba redonda y limpia, suspendida en el mismo cielo en el que sol se disponía a dormir. Los medianeros que trabajaban en sus tierras ya habían abandonado las huertas y no se escuchaba el trasiego diario de la fabrica de ladrillos cercana. La oscuridad era completa cuando le dio el último pequeño mordisco al dulce. Entonces oyó unas risas cristalinas acercarse por el carril de arena. Sus dos hermanas mayores regresaban del paseo, como siempre puntuales, a la caída del sol. Sus siluetas rodearon las porquerizas y doblaron la esquina hasta el camino empedrado. Venían tomadas del brazo y cuchicheaban por lo bajo. - ¡Qué susto! ¿Qué haces ahí Angelina? – Araceli se llevó la mano al pecho y abrió la boca. ¿No estas espiando? - ¡Ni hablar! Josefa me dio permiso para quedarme un rato más aquí. - Pues Josefa te tiene muy consentida – interrumpió Josefina, su hermana mayor, con voz autoritaria. Angelina hizo un mohín y miró pensativa hacia otro lado. Las dos hermanas entraron en la casa y un instante después escuchó cantar a Josefina en el interior con su cuidado tono de soprano. - Tiene un voz muy bella – el profesor se acercaba por el oscuro camino. Su cara, bajo el sombrero, se veía fugazmente iluminada por la lumbre del cigarrillo que venía fumando. - Quiere ser cantante – le contestó Angelina. Un instante después estaba tan colorada como los tomates de la huerta del tío Frasquito. - ¿Sabes? – dijo mirándola – He estado pensando en tu nombre. Conozco una obra de teatro en la que la protagonista lleva tu nombre. Creo que tengo el libreto en la estantería, en casa. Iré a buscarlo. - En realidad, creo que me pusieron el nombre por la obra. A mi abuelo le gustaba mucho. - Entonces, será un regalo magnífico para tí… Angelina se encogió de hombros y entonces escuchó los cascos aproximarse en una galopada. El caballo de su padre seguía atado allí, a la argolla de la fachada. ¿Quién podía venir de visita tan tarde? El profesor se había quedado clavado en el suelo, lívido el semblante y temblorosas las manos. Josefa se asomó a la ventana y gritó: - ¡Entra inmediatamente, Angelina! Los cerdos empezaron a chillar desesperados, y la niña sintió el suelo temblar bajo sus pies. Temerosa, entró en la casa, echando la vista atrás a modo de despedida. Una triste sonrisa afloró a los labios del joven. Las mujeres corrieron por la casa cerrando las contraventanas y puertas para hacinarse después en el granero. Se quedaron en silencio, asustadas, con el miedo pintado en sus ojos asomados al exterior por una diminuta rendija. Los caballos entraron violentamente en la propiedad y un grito hizo desangrarse a la luna: - ¡Alto, la Guardia Civil!. El sonido de unos pasos intentando escapar en una frustrada carrera fue lo siguiente que oyeron. Un tiro y un grito ahogado lo último. A la mañana siguiente, Angelina supo que el joven maestro ya nunca podría regalarle el libro. Había sido abatido de un disparo por desertor. Esto fue lo que escucho decir a su padre. Y aunque todavía no tenia edad suficiente para comprender bien el significado de la guerra, de las bombas que caían en la ciudad o de los fusilamientos de los que la gente decía que se llevaban a práctica de noche, en la pared de piedra del cementerio, aún cuando no entendía lo que la palabra “desertor” quería venir a significar, sintió que ya nunca mas podría pasear despreocupadamente por aquellas tierras. Y con tristeza levantó la vista y abarcó con la mirada todo lo que pertenecía a su familia para murmurar en mitad de un suspiro: - El Cortijo de las Discordias.
April 09 Mi Infancia... Siempre en busca de aventuras
Esta semana se me ocurre hablar de lugares que tengo vivos en mi memoria. De ellos y de las situaciones que se desarrollaron usándolos como telón. Unos siguen existiendo, algunos se transformaron con el transcurrir de los años. Otros, simplemente, han dejado de existir. Nací en La Línea de la Concepción, la ciudad fronteriza tristemente recordada por el contrabando masivo de tabaco que aquí tuvo lugar en la década de los ochenta. Mi barrio era muy, muy tranquilo, las únicas tardes del año en que se escuchaba verdadero escándalo en los alrededores de la calle Alemania, eran los días dedicados a los festejos taurinos. Aún hoy la plaza de toros sigue en pie, el primer edificio histórico de la ciudad, y sigue estando en el mismo lugar, a la vuelta de la esquina. A pesar de tenerlo al lado, solo he pisado el albero para asistir a conciertos. En el parque de la plaza de toros dirigía a la orquesta de niñas que creía a pies juntillas las historias que me inventaba. Como una rudimentaria cuenta cuentos, creaba leyendas relacionadas con pintorescos personajes o fantasmagóricos edificios. Cuando me encuentro con ellas a día de hoy, nos reímos mucho recordando mis ocurrencias de aquellos días. Justo en frente de la plazoleta, se levantaba una mansión antigua, popularmente conocido como el "Chalet D´amato" en honor al apellido del rico comerciante maltés que lo mandó a construir. Cuando yo contaba diez años, aquella casucha me tenía fascinada aún cuando no fuera más que una ruina muerta. No tardaría mucho en desafiar a las ratas y en saludar amablemente a los yonquis que la habitaban. Lo recorrí una noche lluviosa y cuando llegué a la azotea estaba tan emocionada (o tal vez asustada), que tuve que llamar a gritos al viejo tendero del puesto de las castañas para que viniera en mi busca... Después me enteré de que el antiguo "Hotel Universal" que se encontraba a unos quinientos metros de distancia había sido pertenecido al mismo propietario. Y que circulaba la historia de que se había dedicado al contrabando de armas, que cambiaba de escondrijo de uno a otro edificio valiéndose para ello de unos pasajes subterráneos que los mantenían unidos. Unos años más tarde, cuando contaba dieciséis, asistí a mi primera fiesta oficial de fin de año con traje largo y acompañante engominado. Se celebró en el salón de aquel hotel de los años veinte que llevaba casi cincuenta con las puertas cerradas y los toldos resquebrajados. Hoy día el hotel ha sido remodelado y convertido en un bloque de apartamentos. El chalet es a día de hoy, la sede de la Universidad Menéndez Pelayo. Y hablando de casas con misterio, la de la Plaza Cruz Herrera siempre me pareció el escenario ideal para un cuento de hadas. Podía ver perfectamente como Peter Pan llegaba volando hasta el balcón para visitar a Wendy. Esa casa sigue en pie, y ahora que os escribo esto, me dan unas ganas tremendas de picar al timbre y pedir que me la enseñen para ver si mi imaginación se ha aproximado o no a la realidad. Siempre andaba en busca de aventuras, y el Peñón me atraía con un magnetismo inexplicable. Era demasiado joven para ir sola, y aunque tengo pasaporte desde los cuatro años, era del todo imposible pedírselo a mi madre para que me diera permiso para ir sola a Gibraltar. Por eso, siempre embaucaba a alguna amiga para que me acompañase a colarme bajo la verja. Cuando lo pienso hoy me doy cuenta del problema que podía haberme causado aquella acción. Pero era emocionante, lo más cercano a tener una aventura como las de los libros (junto con mis excursiones a Santa Margarita, a las afueras de La Línea, con otros ocho niños al más puro estilo verano azul). Otro sitio que en aquel entonces (principios de los noventa) visité a menudo, fue el parque "Reina Sofía". En aquellos momentos estaba abandonado. Y parecía más una jungla que un conjunto de zonas ajardinadas. Estaba cercado con una muralla y grandes verjas de hierro que me retaban constantemente a traspasarlas. Siempre encontraba compañeras para mis correrías, pero me gustaba ir delante, para verlo todo la primera, y también para demostrarle a las demás que nada malo podía pasar (¡aunque yo no lo tuviera nada claro!). En cualquier caso, la vegetación estaba ya tan sumamente olvidada, que crecía salvaje y enrevesada, tanto que en determinados tramos, echabas en falta un corta bananas ya que la luz apenas podía atravesar las nudosas ramas. Desgraciadamente el parque fue restaurado estando yo en el instituto. Lo recuerdo muy bien pues el día de la inauguración hubo un absentismo escolar generalizado. Todos los de mi edad ansiaban contar con un lugar como aquel. Menos yo, que echaba muy en falta el encanto que aquellos muros desaparecidos habían albergado. Los jardines del ayuntamiento me gustaban especialmente. Tenía todo el aspecto de patio de palacio. También desapareció. Y con él sus archivos municipales, en los que pasé tan buenos ratos, hurgando en periódicos viejos, curioseando entre los objetos arqueológicos, estudiando la historia de la fundación de la ciudad. Investigando los edificios e imaginando aventuras que podrían (¿y por qué no?), haber tenido lugar en ellos. Concluyo en que después de esta trayectoria sólo era cuestión de tiempo el que consiguiera idear y poner por escrito todas aquellas, mis propias fantasías. Os dejo con las fotos de esos lugares llenos en mi imaginación de monjas, indios salvajes, damas con sombrillas, militares, amazonas y caballeros...
Tamara Dommarco
|
|
|