Tamara's profileAqui Comienza una LEYEN...PhotosBlogListsMore ![]() | Help |
|
May 26 Parchís y el DesengañoHacía tiempo que andaba acordandome de una película de Parchís que formó parte de mi infancia. No recordaba su nombre, pero sí su banda sonora, con la cual, según mi hermano, le torturé infinitas veces, corriendo tras él, cantando con voz lastimera eso de: "Díos mío ayúdaleeeeee".
El caso es que lo comenté con mi amiga Geno y me dijo que ella tenía todas las películas y bandas sonoras originales.
Tuvo a bien en enviarme una copia de "La Guerra de los Niños", pues ese era el título completamente olvidado por mí.
Todavía no he tenido tiempo de verla, pero la puse en la estantería de los favoritos, junto con los tomos de tebeos de Glénat.
La otra noche, después de un largo día de trabajo, mi marido y yo estabamos sentados viendo la tele. Hablabamos de nuestros cumpleaños, que están al llegar en el mes de junio. Comentabamos que ambos vamos a cumplir treinta, y que no nos hace mucha gracias dejar la veintena atrás.
De pronto, durante los anuncios, veo salir al grupo Parchis, cantando una cancioncilla de las suyas.
Pienso que es una casualidad, que acabando yo de recibir la película desde Asturias, vuelvan a salir en pantalla, y por un instante me digo que igual van a hacer un programa especial o algo por el estilo.
Inmediatamente después, nos ofrecen un test:
¿Cómo se llama este grupo?
¡Un concurso telefónico! (pienso en el mismo instante)
¡Pues Parchís! (gritamos al unísono los futuros cumpleañeros)
Cuando íbamos a congratularnos por nuestra rapidez de respuesta, una voz en off nos dice:
"Si sabes el nombre de este grupo, es hora de que empieces a cuidarte..."
¡Publicistas de las narices!
¿Hay una forma más fina de llamarnos carrozas?
¡Espero que al menos la marca del zumo que ha sacado a Parchís del baúl de los recuerdos, les pague bien por dejarnos a los niños de su época tan descolocados!
Por cierto, nunca me gustó el "Minute Maid" ¡Ahora menos! May 15 La Maldición de la Cámara de FotosNo tengo cámara de fotos. Y estoy empezando a pensar que por este motivo, una maldición flota en el ambiente.
Mi cámara murió. Bueno, no sé muy bien que ha pasado con ella. Solo se que es una devoradora de pilas que hace dos fotos y se fatiga para no encenderse más.
Desde hace unos meses, siempre que salgo a la calle me termino lamentando de no tener una cámara a mano. Cada vez veo algo que, a mi entender, es digno de ser fotografiado, el centro de mi atención desaparece ante mi estupor.
Tengo una cruzada personal que paso a explicaros. Me encantan los edificios del siglo XIX que aún existen en mi ciudad. Éstos y los patios de vecinos, tan típicos en La Línea, están esfumandose de nuestro paisaje urbano para mi total indignación.
El otro día, sin ir más lejos, cuando terminé el trabajo me fui de vuelta a casa dando un paseo por calles por las que no suelo ir. Me fijé en una fachada preciosa. La puerta y ventanas tenían un grabado en la clave del arco en el que se podían leer las iniciales de la familia (posiblemente adinerada) que la mandó a construir.
Me quedé embobada en la acera opuesta, mirando el complicado labrado de las rejas de los balcones, y pensé que debía volver cuanto antes a retratarla.
Tan solo una semana después volví por allí. Las vallas amarillas me dieron mala espina. ¡Y me encontré con un acto terrorista ante mis ojos! La pala de la excavadora había arrasado con todo. Ni labrados, ni rejas ni nada quedaba ya de la majestuosa fachada.
Los dientes de hierro habían arrastrado muebles y recuerdos de antaño, dejando un solar seco y muerto.
¡La maldición de la que os hablaba!
Miedo tengo de poner mis ojos en otro edificio, no sea que lo gafe y me quede sin retratarlo.
Con respecto a los patios de vecinos, son algo singularmente característico de los inicios de mi ciudad.
Los había de dos plantas, más sencillos, más sofísticados, pero siempre llenos de flores y color.
Ya apenas quedan. Han dado paso a mercadonas, tiendas de poca monta y bloques de pisos sin alma ni personalidad.
Si antes la vida del linense se articulaba alrededor del pozo del patio, en dónde se compartían alegrías y penas, dónde se tendían las sábanas blancas en largas cañas, ahora casi no conocemos a nuestros vecinos y nos importa bien poco lo que sea de sus vidas.
El otro día andaba yo rumiando en voz alta todos estos pensamientos, cuando me encontré con un patio de los de antaño... ¡Y pude hacerle una foto! Por eso sé que la maldición no caerá sobre él...
Este es uno de los pocos patios de vecinos que aún conserva su belleza...
Este patio está en mi calle. Sólo queda un vecino por desalojar. Esto es lo que se ve desde mi azotea.
Decenas de familias y una carpintería convivían tras sus muros. Un vecino vendía cortes de helado a peseta. Ya no queda apenas nada.
La hierba crece salvaje entre sus ruinas. |
|
|